miércoles, 22 de enero de 2020

MALINCHE: "Y a todo esto, lo cierto es, que prescindiendo de los criterios personales que cada uno pueda tener, su presencia en la historia de nuestro país fue significativa, permitiendo un acercamiento radical entre dos razas, separadas no sólo por el mar, sino por el pensamiento".

Obra del pintor mexicano: Jesús Helguera

MALINCHE: LA LLAVE HACIA EL NUEVO MUNDO


“El indio informa, Marina traduce, Cortés dicta
y el escribano escribe” (Muñoz Camargo).


S
iempre que hablamos de épocas pasadas, y más aún, tratándose de tiempos mayores a quinientos años, sabemos que esto implicará que, la mayoría de las veces, la historia o los sucesos relatados y escuchados por nuestros mayores, se vean matizados con ese toque de heroísmo y/o romanticismo que roza con la epopeya; convirtiéndose en leyenda. Siendo de esta manera, cómo pasará a las futuras generaciones como parte de un repertorio valioso.

La historia de la Conquista de México, por las fuerzas españolas, es exactamente uno de esos acontecimientos nacionales que se encuentra rodeado de ese halo de heroicidad, entrelazado con la realidad. Lo que dificulta y hace imposible, en nuestros tiempos actuales, rescatar la versión auténtica y objetiva de los hechos. Los cientos de libros y los distintos criterios adoptados por los investigadores, sobre el tema a tratar, lo dejan más que claro. Pero al final, siempre algo terminaremos conociendo de eso que mucho nos dicen, y eso es lo importante.

Un evento sustancial para el devenir histórico del pueblo de México, tal cual hoy lo conocemos, fue la figura de una mujer nativa de estas tierras por aquellos lejanos años: “La Malinche”. Querida por muchos compatriotas mexicanos, rechazada por otros más. A pesar de haber fallecido hace ya más de cuatro siglos, algo es evidente: su herencia prevalece.

Nacida bajo el nombre de “Malinalli”, alrededor de 1505, en su biografía encontraremos cómo sus orígenes yacen inciertos. La versión más difundida es la que asevera el historiador Francisco Xavier Clavijero, en la que se afirma, nació en zona alguna de la actual ciudad de Coatzacoalcos, hoy perteneciente al Estado de Veracruz; la cual, por ese entonces, fungía como antigua urbe de título olmeca. Otra versión es la que corresponde al cronista español, Bernal Díaz del Castillo, quien, por su testimonio, relata que ella y su familia eran señores y caciques de un pueblo llamado “Painala”, de dominio azteca. Esto ha dado lugar, en muchas ocasiones, a que se señale a esta población como su lugar de nacimiento; sin embargo, debería entenderse, que únicamente ésta figuraría por tratarse de sus tierras de dominio, no de origen.


Desde muy temprana edad, su vida estaría marcada por el sufrimiento y la desgracia. Siendo aún niña, su padre muere asesinado cruelmente a manos de los propios mexicas, debido a desacuerdos en el pago de tributos de ese territorio a su mando; provocando así, que la herencia por el futuro del gobierno de las tierras, del ahora difunto cacique, se encontrara incierta. La historia nos dice, que su madre contrajo de nueva cuenta nupcias, y dio a luz a un hijo, con su reciente esposo. El matrimonio concertó que el título le correspondería al niño, por lo que buscaron la manera de deshacerse de Malinalli, entregándola a los comerciantes de esclavos de la época.

Su condición de esclava y el contacto directo con dos etnias de habla distinta, maya y náhuatl, le permitieron desenvolverse fácilmente en el aspecto lingüístico; algo que posteriormente, tras conocer a Hernán Cortés, resultaría vital para el entendimiento entre indígenas y españoles, en la expedición europea por la colonización del Nuevo Mundo. Hasta antes de que el conquistador la descubriera, la comunicación con los indios se basaba exclusivamente en señas, como sería de esperarse; esto sin contar la desconfianza, por la traición siempre latente, de estos hacia los españoles, en la posible transmisión de una falsa información.

Malinalli fue entregada a Cortés como botín de guerra, de parte de los derrotados indígenas de Tabasco, junto con otras diecinueve mujeres, en un acto de sumisión y rendición. Todas fueron bautizadas y, con ello, adquiriendo un nombre nuevo, por lo que ella fue llamada entonces: “Marina”. Grata sorpresa cuando se percataron de que era bilingüe, pues esto condujo a la creación de una cadena de traducción, en donde Marina traducía del náhuatl al maya y, Gerónimo de Aguilar (náufrago español que fue hecho prisionero por los mayas, y que vivió con ellos por buen tiempo), del maya al castellano. Con el tiempo, Marina comenzó a dominar el castellano a la perfección, por lo que la ayuda de Gerónimo de Aguilar ya no fue necesaria, convirtiéndose en “Doña Marina”, la mujer inseparable de Cortés en su travesía.

Una anécdota narra, cómo tiempo después, Marina se encontró con su hermanastro y con su madre, quien de niña la había entregado en las manos de los traficantes de esclavos al morir su padre, pero que ahora, su pueblo había sido sometido. Se dice que la mujer se sorprendió, al enterarse, de quién era ahora la mujer indígena que gozaba de amplios poderes y del reconocimiento de los conquistadores, disculpándose y rogándole misericordia. Y pese a que los soldados esperaban la orden de ejecución, Marina los abrazó y les perdonó la vida, diciéndoles que no tuvieran miedo, y que al haber hecho lo que hicieron con ella, la alejaron de adorar a otros dioses para volverse cristiana.

La importancia de Marina fue esencial en los primeros años de la Conquista. Gracias a ella, los europeos lograron el primer acercamiento con la Cultura Indígena, conociendo no sólo el aspecto político, sino también el social, el militar y por supuesto, el religioso. Incluso, se le adjudica a ella, la transmisión a Hernán Cortés, de la creencia de los pueblos nativos en el regreso del “Señor Quetzalcóatl”, como era llamado.

Un caso histórico muy curioso, es cuando recordamos la leyenda de la partida de Quetzalcóatl, de quien se dice, se despidió en lo que hoy es Coatzacoalcos, yéndose por el Golfo de México para perderse en el horizonte, bajo la promesa de un día volver con su pueblo. Es interesante que Malinalli naciera precisamente en Coatzacoalcos, y que fuera ella quien, con su habilidad y destreza en el manejo de la lengua, fuera la “llave” de acceso a las tierras del Nuevo Mundo para los conquistadores españoles; quienes, a su vez, fueron confundidos como parte de la señal mesiánica, del retorno de la Serpiente Emplumada. Pues siempre se ha dicho, que los dioses vienen en calidad de “guerreros”, para sacudir las instituciones decadentes y, con su doctrina salvadora, renovar la sociedad.

No se tiene un dato exacto sobre los últimos días de la vida de Marina. Antes de esto, se sabe que tuvo un hijo con Hernán Cortés: Martín, al que tiempo después, se le logró declarar “hijo legítimo” de su unión con ella. Desafortunadamente, años más tarde, cuenta la historia que Cortés se separaría de Marina, lo que posteriormente, estimularía la imaginación de los escritores, sobre el triste desenlace de la mujer que, desde el inicio de su vida, estuvo marcada por la traición y el rechazo: por su familia, por su pueblo, por su amado y hoy, incluso, por muchos mexicanos. Y a todo esto, lo cierto es, que prescindiendo de los criterios personales que cada uno pueda tener, su presencia en la historia de nuestro país fue significativa, permitiendo un acercamiento radical entre dos razas, separadas no sólo por el mar, sino por el pensamiento.


El conocimiento habla
y la sabiduría escucha”
(Jimi Hendrix, 1942-1970).