miércoles, 22 de abril de 2020

GUERRERO AZTECA: "Su pensamiento los conducía siempre hacia un ideal: la de un día morir heroicamente en la lucha, para entonces ser dignos de ser acogidos en la casa del sol, gozando para siempre de las bondades de las flores, tras reencarnar en la forma de un delicado colibrí, a imagen del señor Huitzilopochtli".

"Guerreros Aztecas", Códice Mendoza.

GUERRERO AZTECA: EL CAMINO HACIA EL SOL

T
an sólo una cosa era la que aguardaban con ansias los jóvenes de Tenochtitlán: llegar a alcanzar y desempeñar una admirable capacidad combativa y castrense, de modo que un día lograran hacer prisionero a un enemigo en la guerra. Hasta entonces, no podían cortarse el piochtli, la única porción de cabello que tenían en la nuca.

Si eran capaces de tal hazaña, entonces evocarían al dios Tezcatlipoca, quien gritó en su momento: “¡Yo soy un iyac!”, haciendo ellos lo mismo al conseguir tan grande proeza. Este acto los hacía merecedores de alcanzar un fragmento de la esencia divina, motivo por lo que ya podían sentirse libres de cortarse esa única porción de cabello de la nuca, para entonces dejar crecer otro más que ahora les cubriera la oreja derecha.

Sin embargo, había un largo camino por transitar, ya que estos debían de continuar demostrando un excelente desempeño en las conflagraciones siguientes para no ser descalificados por sus superiores; de lo contrario, era orillados a abandonar la vida militar, al igual que la vestimenta asignada para los militares a base de algodón teñido y bordado, para ser devueltos a sus hogares en calidad de macehualli, como ciudadanos comunes dedicados al cuidado de su familia y al trabajo del campo.

No obstante, si la buena suerte les sonreía y eran capaces de capturar a cuatro enemigos en su poder, se hacían merecedores al título de tequihuah, cuyo significado es: “el que participa del tributo”. De este modo, se hacían parte de los consejos de guerreros con actividades específicas de suma importancia, ataviados con ornamentos de plumas finas y con brazaletes de cuero.

Con esto, al ir ascendiendo, podían soñar con lograr un alto grado dentro de la milicia. Podían aspirar a convertirse en un cuáchic o cuauhchichimécatl, un chichimeca-águila. Continuando con la cadena de éxitos, llegarían a los grandes títulos a los que podían aspirar: la orden de los “caballero-tigre” o la orden de los “caballero-águila”.

Los caballero-águila, también conocidos como los guerreros del sol, hacían honor a su título al portar una esplendorosa vestimenta que culminaba con un imponente casco con forma de cabeza de águila, y de cuya valentía y sabiduría dependía todo un Imperio.

El Emperador mexica les hacía distribución de generosos y lujosos regalos durante el mes de ochpaniztli, que era la fiesta de las siembras y en la que conmemoraban el nacimiento del maíz: armas, escudos, vestimenta, joyas, cascos, entre otras cosas, como recompensa a su lealtad y servicio al Estado azteca. Las riquezas eran el resultado del honor ganado, repudiando la forma inversa y desvirtuada del pensamiento del hombre deshonroso, cuya idea es que las riquezas conceden el honor.

Su pensamiento los conducía siempre hacia un ideal: la de un día morir heroicamente en la lucha, para entonces ser dignos de ser acogidos en la casa del sol, gozando para siempre de las bondades de las flores, tras reencarnar en la forma de un delicado colibrí, a imagen del señor Huitzilopochtli.

“El conocimiento habla
y la sabiduría escucha”
(Jimi Hendrix, 1942-1970).