jueves, 9 de abril de 2020

IGLESIA-ESTADO: "El conflicto principal giraba en torno a quién debía sumisión a quién, si la Iglesia o el Estado. El carácter pertinaz de ambos era inamovible, lo que pronto acarrearía eventos violentos, a causa de la campaña de desprestigio que Thomas Becket había puesto en marcha hacia la figura del Rey".



IGLESIA-ESTADO: LA ROTURA DE UNA AMISTAD

U
no de los episodios históricos de mayor magnitud, de la pugna entre la Iglesia y el Estado por alcanzar el predominio, tuvo lugar durante la Edad Media. Un joven Enrique II —de la Dinastía Plantagenet—, había subido al trono de Inglaterra y estaba decidido a poner en marcha una renovación sobre el estado de cosas en las que el reino se encontraba.

Entre sus objetivos principales se hallaba la instauración de la seguridad del país mediante el licenciamiento de los combatientes extranjeros, el uso de los amplios terrenos abandonados para destinarlos a la agricultura, la reconstitución del patrimonio y de la hacienda real y, por supuesto, el restablecimiento de la autoridad estatal en la figura del Rey, la cual había perdido fuerza a causa de las administraciones anteriores.

Por aquellos años, había, de igual manera, un joven sumamente interesado por el destino político de su patria, el cual vio rápidamente con entusiasmo los proyectos gubernamentales del monarca. Su nombre era Thomas Becket, hijo de un acaudalado burgués, quien no tardaría mucho para entrar en contacto con el Rey, gracias a su talento y simpatía que los hacía identificarse, y quien tiempo después sería elevado al cargo de Canciller del Estado.

La amistad y la relación de trabajo entre ambos se volvió tan estrecha, al grado que Enrique II, consideró que un buen modo de reconocerle su tan eficiente labor sería concediéndole el Arzobispado de Canterbury. Y así lo hizo. En el año de 1162, Thomas Becket era elevado por la Iglesia a este cargo. Para infortunio del Rey, éste no se percató de que existía el riesgo de que sus propias armas pudieran jugar en su contra, pues la tenacidad con la que Becket —en un principio— defendía los intereses de la autoridad real, ahora se tornaban en favor de la autoridad eclesial.

El conflicto principal giraba en torno a quién debía sumisión a quién, si la Iglesia o el Estado. El carácter pertinaz de ambos era inamovible, lo que pronto acarrearía eventos violentos por la causa, orillando a Becket a huir a Francia, a causa de la campaña de desprestigio que había puesto en marcha hacia la figura del Rey.

Ante las agresiones de Becket —que defendía la independencia de la Iglesia en materia de justicia—, el Rey hizo promulgar las Constituciones de Clarendon, en la que se retiraba la inmunidad de los clérigos; de modo que, en caso de incurrir en delitos comunes, fueran juzgados por la autoridad estatal como cualquier ciudadano.

Fue entonces, en 1170, cuando entró al escenario político el Papa Alejandro III, quien preocupado ante la posibilidad de que Enrique II decidiera aliarse con los alemanes en contra de la Iglesia, intentó restaurar la paz entre ambas instituciones en conflicto.

Fue así, como el Rey autorizó el retorno de Becket a Inglaterra, recuperando su cargo de Arzobispo. Sin embargo, la riña continuaba en el fondo de ambos personajes, quienes seguían obstinados con imponer sus ideas y, al cabo de unas semanas, el problema estalló de nueva cuenta.

A finales de ese año, tuvo lugar la ceremonia de coronación del príncipe, el hijo de Enrique II, quien, en vez de llamar a Becket, prefirió delegar el rito al Obispo de York. Este acto causó una seria indignación en el Arzobispo, quien se sintió gravemente ultrajado y optó por excomulgar al Rey. Al poco tiempo de enterarse de lo sucedido, el monarca expresó públicamente —en un arranque de enojo— y sin percatarse de su imprudencia: “¿Acaso no hay nadie que pueda librarme de este clérigo impertinente?”.

Fue entonces, cuando el 29 de diciembre de 1170, cuatro hombres —sin recibir ninguna orden del soberano—, decidieron hacer justicia por su propia mano acudiendo a la Catedral de Canterbury. Se cuenta, que una vez en el inmueble, lo rodearon y asesinaron a Becket al pie del altar mientras oficiaba.

Ante lo ocurrido, los enemigos de Enrique II en el extranjero, aprovecharon el suceso para atacar estratégicamente a Inglaterra. El Papa Alejandro III canonizó a Thomas Becket, quien sería recordado y venerado por la Cristiandad, desde entonces, como un mártir.

Ante la amenaza de un rompimiento total de las relaciones entre la Iglesia y el Estado, Enrique II condenó públicamente el crimen, realizó penitencia, acudió a la tumba del santo, invalidó las Constituciones de Clarendon para devolver la inmunidad clerical, y se vio obligado a ofrecer el vasallaje de Irlanda e Inglaterra a la Iglesia.


“El conocimiento habla
y la sabiduría escucha”
(Jimi Hendrix, 1942-1970).