domingo, 26 de abril de 2020

IGLESIA Y CIENCIA: "La Teoría Evolutiva fue aceptada en tanto ésta no modificara los postulados dogmáticos centrales, en los cuales la fe estaba sustentada. Pío XII argumentaba que, aquello que marcaba la diferencia entre el ser humano y los animales, era el alma que Dios le había otorgado".


IGLESIA Y CIENCIA: EL CONFLICTO DE LA EVOLUCIÓN

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urante mucho tiempo ha sido más que evidente la pugna y el choque de ideas entre la Ciencia y la Religión, con respecto a los orígenes del ser humano sobre la faz de la Tierra. Uno de los casos más conocidos del mundo occidental, sin duda, es el referente a la Iglesia Católica y su postura al respecto.

Sería a partir del Concilio Vaticano II, en el siglo pasado, cuando la Iglesia daría crédito a la ciencia sobre este asunto tan espinoso, reconociendo que el Libro del Génesis no podía ser tomado como un libro de texto de Historia Natural, por carecer de sustento cosmológico y objetividad.

Tuvieron que pasar muchos siglos para que las corrientes evolucionistas tuvieran cabida dentro del seno del Magisterio de la Iglesia, dando un importante paso el 12 de agosto de 1950 con la publicación de la Encíclica “Humani Generis”, del Papa Pío XII. Desde luego, no podía ser rechazada la idea principal e inicial de la existencia de un Dios Creador de todo cuanto existe y, en especial, del hombre y de su alma inmortal; por lo que el proceso evolutivo sólo aplicaría en lo relativo al cuerpo, excluyendo al alma del ser humano.

En 1909, la Pontificia Comisión Bíblica dio su postura acerca de las doctrinas transformistas en lo referente a los capítulos iniciales del Génesis, negando —de forma exclusiva—, la seguridad de que históricamente esto se hubiera producido así, mas no rechazando la veracidad de dichos planteamientos ante las evidencias científicas.

Pio XII argumentaba —ante la Pontificia Academia de las Ciencias— que, aquello que marcaba la diferencia entre el ser humano y los animales, era el alma que Dios le había otorgado. A su vez, manifestó que Adán no podía ser resultado o descendencia de una bestia.

En palabras más resumidas, la Teoría Evolutiva fue aceptada por la Iglesia Católica, en tanto ésta no modificara los postulados dogmáticos centrales, en los cuales la fe estaba sustentada y arraigada desde sus inicios. De este modo, cuestiones como la espiritualidad y la inmortalidad del alma, así como su otorgamiento por Dios y la diversificación de la materia y el espíritu, se mantendrían inmutables.

Con la publicación de la Encíclica de Pío XII, entraron al escenario teológico, exégetas que trataron de indagar y profundizar, más apropiadamente, en la polémica de la creación del hombre.

Entre las interrogantes más frecuentes se destacaron aquellas que cuestionaban el porqué el hombre debió de ser creado hasta el final del proyecto divino; o cuál era la causa de que Dios hubiera esperado, en todo caso, a que el cuerpo humano se perfeccionara para decidir entregarle un alma; e incluso, una de las más controversiales: si acaso, Dios sería incapaz de continuar dirigiendo la evolución de las especies, aún cuando hubiesen sido creadas por Él.

Sin duda alguna, se trata de un tema incómodo, polémico y controversial, pero no por ello ausente de interés religioso y científico; puesto que es un hecho que, como seres dotados de una conciencia, nos habremos preguntado, en más de una ocasión, respecto al origen de nuestra naturaleza y destino en la Tierra.


“El conocimiento habla
y la sabiduría escucha”
(Jimi Hendrix, 1942-1970).