viernes, 1 de mayo de 2020

EL PARLAMENTO: "Aunque esta estrategia monárquica tuvo sus grandes beneficios, con los años se tornó en su contra. De haber previsto las consecuencias políticas que ocasionarían el declive de la Monarquía, los reyes habrían optado por medidas cautelares para conservar su poder".


EL PARLAMENTO: UNA PARADOJA MONÁRQUICA

E
l surgimiento del Constitucionalismo inglés ha sido objeto de gran interés para los investigadores. La historiografía no concede fundamento a la idea generalizada y difundida, de que los constitucionalistas iniciaron su movimiento a raíz de una ‘ilusión’ o ‘idealismo’ consciente y añorado.

Esta incipiente corriente política tuvo como base la renuencia contra la Monarquía; tratándose, en todo momento, de una reacción espontánea en contra del Despotismo. Prueba de lo anteriormente dicho es la Carta Magna, misma en la que se constata la ausencia de declaración de principios. Esto contradice a la propaganda romántica y patriota, la cual ensalza al Constitucionalismo como un ‘ideal’.

Juan I de Inglaterra, también conocido como “Juan sin Tierra”, fue uno de los principales soberanos que, como consecuencia de sus actos, propició que el Constitucionalismo surgiera en el escenario histórico.

La Historia lo recuerda como un monarca imprudente, cuya política se dejaba guiar, muchas de las veces, por sus caprichos y estados de ánimo; a la vez de incurrir en vicios, excesos y traición en pro de su beneficio. Algunos especialistas más atrevidos, hablan de la posibilidad de que el soberano presentara ciclotimia, lo cual es un trastorno mental que repercute en el estado de ánimo.

Se le tiene como factor principal, al conflicto que el Estado inglés —a su mando— protagonizó con la Iglesia en tiempos del Papa Inocencio III, en donde estaba en riña quién de las dos autoridades debía ostentar el derecho de elegir a los clérigos como sucesores dentro de la Iglesia. Lo anterior, aunado a la fama que rodeaba a Juan I en torno a su escepticismo e incredulidad hacia el dogma eclesial, provocó constantes fricciones e inestabilidad política; a tal grado, que se afirma que, de no haber existido este monarca, no habría habido Carta Magna.

Simon V de Montfort, conde de Leicester, no fue en realidad un defensor acérrimo del Constitucionalismo como actualmente se cree, al grado de vérsele como un ‘aristócrata liberal’ y uno de los padres de la Democracia parlamentaria moderna. Los datos históricos lo señalan como un noble que, en aras de proteger sus intereses, se aprovechó de la crisis que atravesaba Enrique III.

Irónicamente, sería Eduardo I —uno de los monarcas medievales más autoritarios—, quien impulsaría al Parlamentarismo. Al respecto, historiadores como Guizot, Gneist y Pasquet han emitido propuestas ante tal paradoja, resaltando la existencia no sólo de intereses de índole fiscal, sino del afianzamiento del poder real, toda vez que los vasallos se convirtieron en súbditos, y las ayudas financieras se transformaron en impuestos.

Aunque en sus inicios esta estrategia monárquica tuvo sus grandes beneficios económicos, con el pasar de los años dicha arma se tornaría en su contra; toda vez que los distintos representantes comenzarían a ser elegidos por sus provincias, y estos diputados —aprovechándose de las circunstancias—, lo utilizaron a su favor en contra del gobierno implantado.

No hay duda alguna en que, de haber previsto las terribles consecuencias políticas —que el Parlamentarismo y el Constitucionalismo ocasionarían en el declive de la Monarquía—, los reyes habrían optado por medidas cautelares para conservar su poder.


“El conocimiento habla
y la sabiduría escucha”
(Jimi Hendrix, 1942-1970).